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Hace ya 10 años que Yaye Bayam Diouf perdió a su hijo en el océano.

Una década en la que la vida de esta mujer, de familia de pescadores, dio un vuelco tan grande como el del cayuco que nunca llegó a las costas canarias con Aloumenar, de 27 años, a bordo.

El día que la noticia de su muerte llegó a la aldea de Thiaroye Sur Mer, a pocos kilómetros de Dakar, Yaye sintió que la tragedia de sus vecinas era también la suya, que la suma de los hijos muertos, cerca de un millar, era insoportable. Ya ni siquiera tenían quien jugara en la liga de fútbol local. La quiniela que rellenaron los jóvenes de Thiaroye había sido otra, con el premio gordo de ese mundo rico donde el derroche corría a raudales. Y la inmensa mayoría la habían perdido, y el pago había sido la muerte.

“Tenemos que hacer algo. Tenemos que explicar que el riesgo no merece la pena porque les queremos pobres, pero vivos”. Esta frase u otra similar es la que Yaye comenzó a soltar aquí y allá, a las amigas del mercado, a sus vecinas, a sus primas… Todas con sus hijos muertos a cuestas. O desaparecidos. Sin noticias.

En unos meses su tesón había prendido en muchas de ellas y pronto fueron cientos de madres y viudas, un ejército de mujeres que iba de puerta en puerta, de aldea en aldea para explicar lo que no salía en las noticias, lo que ocultaban las mafias que organizaban los viajes clandestinos a las familias. A veces, jugándose la vida, como cuando Yaye denunció a cinco traficantes de personas que fueron encarcelados…

Cuando el grupo comenzó a crecer, crearon el Colectivo de Mujeres en Lucha contra la Emigración Clandestina (Coflec), presidida por Yaye Bayam Diouf, y la campaña de sensibilización comenzó a rebajar en su zona la partida de cayucos en la noche. Coflec no sólo gritaba al mundo que la emigración no era un problema únicamente para los países de acogida, sino que demostraba que las mujeres podían ser protagonistas de grandes cambios sociales empezando desde cero.

Pero no bastaba con hablar, ni con atender la secuelas psicológicas de las pérdidas. Había que actuar para que crear futuro en Thiaroye y ello implicaba crear trabajo, formar a los jóvenes, que tuvieran acceso a microcréditos para crear negocios que evitaran la tentación del viaje mortal.

Para lograrlo, acudieron a ONGs españolas, entre otras Alianza, con cuyas ayudas pusieron en pie un centro de formación laboral y pequeños préstamos de 100 euros que sirvieron para abrir esas salidas que el mar, esquilmado de peces por los grandes barcos extranjeros, ya no les daba. Y cuando las ayudas españolas cesaron, porque el Gobierno prefirió apostar por la seguridad policial en lugar de por el desarrollo, porque la crisis acabó con la subvenciones a la cooperación, Yaye y sus compañeras siguen peleando para mantenerlo abierto para que las clases de informática, o de peluquería, o de costura, sigan siendo un muro de contención de esa juventud que no puede evitar soñar.

A sus 58 años, Yaye sabe que en Thiaroye han despertado una conciencia sobre el papel de las mujeres que no existía y que esa llama debe seguir activa, por lo que ha ampliado el objetivo de su lucha: desde hace algún tiempo Coflec también trabaja para que las senegalesas transformen esa sociedad patriarcal que las margina, para darles una formación que les permita salir adelante sin venderse a un marido. Ella fue la primera en ocupar un lugar en el Consejo de Notables de su aldea, pero ahora quiere que sean más las que se sienten con ella, y también que sean menos las que, abandonadas por un marido infiel, y sin posibilidad de divorcio, se vean en la tesitura de echarse al mar.

Es la madre coraje de un pueblo que lucha contra un destino que no le correspondía.

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