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Selua vivía en Groh, no lejos de la ciudad siria de Homs. Hace tres años, no pudo soportar más las bombas explotando sobre su cabeza y su marido no pudo aguantar más el temor a volver a caer en manos del ejército, tras haber sido encarcelado y torturado durante horas. Y dejaron en la noche, cargando cuatro maletas, un país en el que hoy la vida transcurre entre escombros.

Ahora pierde la sonrisa cuando recuerda que tenía una casa con habitaciones, con cocina, con grifo, en la que no se iba la luz. Desde 2012 vive en el campo de refugiados de Zaatari, en Jordania, con otros 120.000 seres humanos con el futuro trastocado. Allí ha encontrado un nuevo sentido a su vida.

A sus 33 años, Selua se ha convertido en una de las voluntarias más valiosas del Instituto de la Salud Familiar (IFH, por sus siglas en inglés), una fundación con la que colabora Alianza y que atiende los casos de violencia sexual y, en general, de género dentro de esa inmensa concentración de contenedores de carga que se han convertido en hogares, la magia negra de la guerra.

Pertrechada de un chaleco de IFH y una gorra de una agencia internacional como uniforme, Selua visita cada día a una decena de familias refugiadas, sobre todo a las mujeres, que sospecha que necesitan ayuda. “Aquí, casi cada contenedor esconde un problema”, asegura mientras señala con la mano ese desierto en el que parece que el tiempo se ha parado para quienes no ven cerca el fin de conflicto. Su objetivo son los niños y niñas con discapacidades, las embarazadas, las personas enfermas, pero sobre todo esa invisible violencia de género, o esas agresiones sexuales que se tratan de ocultar por la malhadada cuestión de honor, o sencillamente por miedo.

Nunca pensó Selua que cambiaría su profesión de enfermera en Groh por una labor en la que afirma que se ha encontrado consigo misma, en la que se siente tan útil que ni por asomo quiere dejar el inhóspito campo de Zaatari para vivir en una ciudad, en un hogar que no sea de lata. Aquí seguirá hasta el día que se abran sus puertas y sus alambres de espino sean derribados… Hasta el día del retorno a Siria.

Y la vida no es fácil en el campo. Escasea el combustible para calentarse cuando la temperatura se acerca a los cero grados, pues son los mismos fuera que dentro de esa casa-cubo de apenas 15 metros cuadrados en los que habita. Escasea la electricidad, salvo el paréntesis de cuatro horas al día en la que “encienden” la red para cocinar, lavarse, o ver la tele. Y escasea la privacidad, porque hay un espacio común para toda la familia, incluida la tía de su marido y el crío que tuvo por cesárea, a los pocos meses de llegar, en el hospital de una ONG.

Selua conoció el trabajo de IFH y, apenas cuando el niño comenzó a andar, se ofreció para colaborar “en lo que fuera”. Quería hacer algo para no sucumbir a la tristeza que provoca la autocompasión y para ayudar a esas vecinas de la diáspora siria a las que oía gritar y golpear en el silencio de la noche.

Y es que la violencia llama a la violencia y en esta guerra de decenas de miles de muertos, cada día más las mujeres se encuentran en campos de batalla que han convertido a quien era aliado, su esposo o compañero, en enemigo, cegado por la frustración y la miseria.

Aquella decisión de trabajar en IFH abrió los ojos a Selua. Descubrió que las mujeres están protegidas por leyes que desconocía y que la violencia de género se manifiesta en modos y formas que van minando las capacidades lentamente, como un veneno de largo recorrido. También aprendió a detectar los síntomas que se esconden tras una violación, y la fórmula para convencer a las mujeres, o a las hijas, de que hay salida, aun en los lugares donde las puertas se cierran cada noche. Que el temor al “qué dirán” no puede sustituir a la dignidad y la vida.

Dicen en la organización que Selua tiene un detector especial para llegar a las mujeres que están a punto de perder la esperanza. Ponen en valor su destreza para engancharlas con manualidades que son a la vez terapia y una forma de colaborar en las escuálidas finanzas familiares. Cuando lo oye, se ríe, mirando hacia atrás, buscando a alguien.

Como si no fuera con ella.

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