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Mabel Monje nació en tierra de mineros del cobre, en una pequeña ciudad llamada Coco Coro, del departamento boliviano de La Paz. Apenas levantaba un palmo cuando lo abandonó con su familia para acaba en un lugar donde el aire es casi transparente y al oxígeno le cuesta llegar a los pulmones. Se trata del municipio boliviano de El Alto que, a más de 4.000 metros de altitud, es la ciudad más poblada y alta del mundo.

También es uno de los lugares en los que ha recalado la inmigración rural durante las últimas décadas, y entre esas familias en búsqueda de un futuro mejor llegó la de Mabel, que creció y se educó entre unas calles donde las juntas vecinales eran las responsables de organizar la vida comunitaria.

Fue en El Alto donde comenzó a dar clases de maestra en una escuela y también donde comenzó a acudir a las reuniones de su junta vecinal para participar como una voz más, pese a su juventud y pese a ser mujer en un espacio tomado por los hombres. ““A esta niña no sé cómo hay que decirle que no participe, que se calle ¿cómo va a ser ella la portavoz de su familia?”, le recriminaban en esas reuniones, intimidándola para que no volviera. Pero Mabel regresaba, y opinaba, y ganaba su confianza.

Poco a poco, y mientras se sacaba la carrera de Derecho, se fue convirtiendo en una activista por derechos humanos, por los de los trabajadores y de las mujeres. Comenzó a participar en movimientos sociales de El Alto, el mismo municipio que se alzó en guerra en 2003 contra un Gobierno que quería vender los hidrocarburos a empresas extranjeras.

En esa lucha también estuvo Mabel, junto a otras muchas mujeres. “Los padres de varios de mis estudiantes habían muerto, era algo desgarrador ver, con impotencia, que la vida valía tan poco para los que estaban en el poder. Nuestro objetivo fue echarlos, y lo conseguimos”, cuenta la abogada, que no logra olvidar aquella “masacre del gas” en la que murieron 70 personas. Para entonces ya era presidenta de su barrio y, poco después, delegada en la Federación de Juntas Vecinales del municipio.

En la Federación, su enfrentamiento político con el que era presidente acabó en golpes y maltrato. “Yo quería que concluyera su mandato y trataron de callarme con violencia”, recuerda con ese dolor que tiene poco que ver con las heridas y mucho con la discriminación y la injusticia.

Mabel comenzó a asistir al Centro de Promoción de la Mujer Gregoria Apaza, una institución en Bolivia aliada de Alianza por la Solidaridad, que lleva más de 30 años luchando contra la desigualdad de género y promoviendo los derechos de las mujeres. Allí, ha ayudado a muchas otras mujeres a formarse para defender sus derechos, para saber gestionar los conflictos o hacerse cargo de la gestión pública de fondos.

En 2008 dio su primer paso en la política al ser elegida concejal en El Alto, para dar de ahí un gran salto, impulsada por el presidente Evo Morales, hasta el sillón del Ministerio de Medio Ambiente y Agua, un puesto en el que duró sólo un año, y que le obligó a dejar las clases de Filosofía y Psicología que daba en un colegio, y que ya no ha retomado, envuelta en esa tarea de seguir la lucha por los derechos humanos y por la igualdad de las mujeres, comenzando desde abajo, si, pero para llegar a lo más ALTO.

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