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Poco podía imaginar la bambara Ramatou Sangare que acabaría dando clases de un idioma del que nunca oyó hablar, el catalán. Ahora lo enseña a decenas de inmigrantes africanas que, como ella, acabaron dejando su país pensando en unas oportunidades que no tenían en su tierra y que también se les resisten en una Europa donde las vallas, físicas, sociales o culturales impiden ver y comprender “lo diferente”.

Ramatou tampoco podía saber hace apenas 10 años que llegaría a ser la presidenta de la Asociación de Mujeres de Malí en la ciudad que habita desde hace una década, Mataró, desde donde dedica sus afanes a luchar por una integración que no acabe con la riqueza cultural forjada en su país desde que fuera el eje del poderoso imperio mandinga, allá por la Edad Media.

Su afán por aprender, su afabilidad y su personalidad luchadora la han ido convertido, casi sin darse cuenta, en el catalizador que da herramientas a muchas otras inmigrantes para manejarse en un mundo ajeno y a veces hostil. Su historia es la de tantas otras que a los 36 años aún no ha perdido la esperanza de encontrar su espacio en el país de acogida.

Ramatou, que tiene dos hijos a los que sueña con ver en la universidad, viajó hasta España atraída por su marido. Hasta su llegada, en 2005, vivía en la capital maliense, Bamako, donde, tras acabar el Bachillerato, comenzó a trabajar de secretaria en una empresa. En realidad, no pensaba en cambiar de país, pues entre sus ingresos y los de su familia, propietarios de un pequeño negocio, se apañaban.

Un día se cruzó en su camino el primo de una amiga, que hacía varios años vivía en España trabajando en la construcción, entonces en pleno auge, y que había vuelto al país de visita. Se casaron. “Cuando meses después me envió los papeles para venir a España por reagrupación familiar, lo único que le dije es que era importante para mí seguir trabajando, ”, recuerda ahora.

Aún siente el dolor de haber dejado en Malí a su familia, su trabajo, su independencia, pues entonces ninguno de los dos sabían que en España deben pasar cinco años desde la agrupación familiar hasta que la persona que llega obtiene permiso de trabajo. Pero Ramatou quería integrarse y estudió mucho catalán y español, y se tituló como auxiliar de Geriatría, aunque luego no pudo acceder al puesto de trabajo que le ofrecieron.

Aquel “veto” oficial fue un duro golpe que no acabó con sus deseos de actividad.Y se hizo voluntaria de la Asociación de Mujeres de Malí para enseñar catalán a otras mujeres africanas. “Nos tenemos que apoyar entre nosotras, asociarnos para defender nuestros derechos, para que salgamos de las casas y podamos trabajar como las demás mujeres de este país”, afirma.

A Ramatou, que de momento sólo ha conseguido trabajo en la limpieza de casas, le gusta vestir con esos espectaculares trajes de telas africanas que llevan en su país; organizar reuniones en las que no falta el té bien dulce; participar de ese fondo económico con todas sus compañeras para cederlo a la familia que lo necesita en un momento de apuro; y preparar el pescado al modo ‘thiebu djen” cuyos olores la tele-transportan a Bamako más rápido que el ‘Skype’ que utiliza para hablar con su familia. Es Mali en Mataró. El viaje de un antiguo imperio a una ciudad de cinturón industrial de Barcelona.

“Es importante que las africanas nos unamos, que seamos conscientes de nuestros derechos y nos involucremos en el cambio que deseamos”, nos dice. Por ello, su Asociación participa hoy en manifestaciones y en eventos en los que pone de manifiesto sus reclamaciones a unas autoridades que no acaban de ver la inmigración como una oportunidad de enriquecimiento social, que ponen zancadillas a esos sueños de independencia y superación de las migrantes africanas, como los que algunas noches tiene cuando Ramatou cierra los ojos.

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