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“El derecho humano al agua y los derechos de las mujeres tienen mucho que ver. ¿Quiénes son las que abastecen de agua los hogares? ¿Quiénes la utilizan? ¿Quiénes sufren más las consecuencias de no tenerla?”. Karen Ramírez es una fuente de la que hace décadas que emana un compromiso y un empoderamiento que va calando, como la fina lluvia, a miles de salvadoreñas de las comunidades rurales que visita.

Karen, química de formación, ya no recuerda aquel primer día, allá por 1996, que se perdió por los pueblos en torno al hermoso lago volcánico Coatepeque para descubrir que en las escuelas ni escolares ni docentes tenían agua que beber y que las mujeres cargaban baldes y garrafas a la espalda o sobre la cabeza a todas horas, pero también para comprobar que en las haciendas de los poderosos los jardines lucían esplendorosos de fino césped, como si de Escocia se tratara, gracias a un riego que estaba abierto las 24 horas del día.

La contaminación en el Coatepeque fue el tema central de su tesis, el que le permitió entrar a trabajar recién licenciada en un laboratorio del organismo público de gestión del agua de El Salvador, el ANDA; y a la vez fue en ese grandioso lugar donde tuvo su bautismo sobre la injusticia social que supone no tener el acceso al agua reconocido como un derecho y donde sintió el impulso de colaborar con la ONG de ayuda humanitaria Pro-Vida, que forma parte en su país de la plataforma social Foro del Agua.

“Claro que tienen que ver el agua y los derechos de las mujeres. Durante la sequía del año pasado, 2015, que fue tremenda, las mujeres fueron las más afectadas. Se secaron los cultivos en muchas comunidades rurales y ellas tuvieron que buscarse trabajos de limpieza para que la familia saliera adelante. Eso es algo que les ha conllevado una fuerte crítica social porque, si trabajan fuera, deben dejar a los hijos e hijas solas en casa, y se les acusa de malas madres. La falta de agua no es solo una injusticia social, sino que genera discriminación y violencia contra las mujeres”.

Karen se enciende de indignación según brotan las palabras. En sus 20 años dedicados a la lucha por el agua ha viso a muchas niñas fuera de las escuelas porque debían acarrear cubos y tinajas; y a muchas jóvenes haciéndose el aseo personal en fuentes comunales, expuestas a la mirada del que pasaba por el camino; y a muchas ancianas que nunca han podido abrir un grifo en su propio hogar. Por ello, un día, cuando a esas visiones se sumó la de un Gobierno privatizando el agua potable de su pueblo, dejó su trabajo de funcionaria para volcarse en la asociación Pro-Vida, en el compromiso por la justicia social.

Karen tiene sólo 43 años, de ellos 10 dedicados profesionalmente a lo que comenzó siendo una aportación voluntaria. En ese tiempo ha emprendido luchas tan desiguales como la que mantiene aún con una embotelladora de Coca Cola, empeñada en expoliar un acuífero en el municipio de Nejapa, que no le corresponde porque, como ella dice, “no puede ser que grandes multinacionales nos dejen sin nada para beber en un país tan seco como es éste”.

A lo largo de este tiempo ha visto como su figura en las comunidades ha tomado peso y ha servido para otras mujeres se vieran en ella tan claro como un reflejo en el río. Son las mismas que hasta hace poco no participaban en las reuniones comunitarias, que no se atrevían a coger el micrófono para tomar la palabra, que consideraban ajeno a ellas el derecho a participar en igualdad con los hombres en asuntos que les concernían directamente relacionadas con la gestión de los recursos, problema para toda la comunidad. La lucha de Karen y de sus compañeras de la organización es un reflejo cristalino, como el del agua de una fuente. Y muchas se han lanzado a ella con “apasionamiento”, como Karen defiende, porque la pasión en estos temas lo entiende como el síntoma de un compromiso profundo y colaborativo. “Una ministra de mi país nos dijo que nuestro empeño contra el expolio de un acuífero en Nejapa era fruto del apasionamiento personal, algo hormonal, pero no es cierto; es la consecuencia de un nuevo imaginario colectivo en el que somos las mujeres las que asumimos nuevos roles en nuestra sociedad, ya sea con críticas al Gobierno, con lucha contra empresas o como fontaneras”.

Karen, sin saberlo o sabiéndolo, desde su pequeño rincón, está abriendo nuevas espitas a un agua que no es líquida, un agua que está hecha de dos moléculas de igualdad y una de dignidad. Esa agua contra el que no valen tapones ni paraguas, y que va mojando, mojando, mojando…

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