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El ejemplo de su hermana mayor fue esclarecedor para Hanane Lachehab. No quería acabar como ella siendo una ama de casa, así que decidió muy pronto que tenía que conseguir la independencia económica. Era aún muy joven cuando comenzó a trabajar enseñando a leer y escribir a las mujeres de su tierra, en la zona rural de Jabriyine, el pueblo donde su familia tiene tierras de cultivo y donde nació. No sólo se sacaba un dinero con las clases, sino que se sentía feliz ayudando a otras mujeres que, como su madre, eran analfabetas porque su destino estaba marcado por la familia y una sociedad que les dejaba pocos resquicios para respirar algo de libertad.

Fue en ese ir y venir por aldeas aisladas en las montañas del Rif, por carreteras de polvo y baches, donde la aquella joven inquieta comenzó a tomar conciencia de la vida de sus alumnas, a saber que arriesgaban la vida en cada parto, que no tenían ningún papel en la economía doméstica, que sólo sabían de obligaciones, no de derechos… Y le entró un cosquilleo interior porque no podía ser su destino e igual podía hacer algo más por ellas.

Y así, los cursos donde repasaban la cartilla se convirtieron en el embrión de una asociación de mujeres rurales que acabaría transformada, en 1999, en una cooperativa para la cría de conejos gracias al apoyo de un proyecto de la Unión Europea. Aquella idea no cuajó, pues el pequeño herbívoro no forma parte de la dieta marroquí, pero sirvió para hacerlas comprender que la independencia económica era el primer paso imprescindible para ser menos vulnerables.

Hanane y sus socias volvieron la vista al entorno y lo que vieron fue un ordenado bosque de olivos que se perdía entre los montes, y no se lo pensaron mucho, pues si de algo sabían era de producción de aceite. Si a fin de cuentas, habían creido entre aceitunas en las fincas familiares… ¿Por qué no hacer un aceite ecológico y de gran calidad que fuera cultivado, producido y gestionado por ellas directamente?

Dicho y hecho, primero crearon una cooperativa femenina, y luego otra y un poco más tarde, una más… y cuando apenas tenía 24 años, en 2002, Hanane ya presidía una federación que las agrupaba. Apenas cuatro años más tarde, se constituyeron como Grupo de Interés Económico (GIE) del Rif, con más de 300 cooperativistas y 40.000 olivos bajo su responsabilidad. Ese mismo año 2006 también lograron que su marca de aceite, Farida, obtuviera el certificado de producto orgánico y ecológico que las abriría las puertas de la exportación.

Hanane tuvo suerte, pues siempre contó con el apoyo de su padre y su marido, pero para otras muchas campesinas no fue nada fácil lidiar con los hombres; padres, esposos e hijos que no querían que viajaran solas a comercializar el producto o que veían en ellas a una competencia desleal porque tenían más éxito en el negocio. Pero ellas aguantaron la presión, las discusiones, las malas caras… y fueron ganando espacios que para Hanane valen mucho más que los meros beneficios económicos. Y a ellos no les quedó más remedio que ir entrando por “al aro” de la igualdad, entendiendo que no las perdían, sino que las ganaban, que los ingresos familiares aumentaban para todos. Y que era un orgullo, y no una vergüenza, que la mujer trabajara fuera del hogar sin estar bajo sus órdenes.

En poco tiempo, el GIE les abrió muchas fronteras, pero también las fue transformando a nivel individual, casi sin darse cuenta. La misma Hanane perdió el miedo a hablar en público, a enfrentarse a los funcionarios y técnicos de organismos internacionales, a decidir sin presiones externas, a arriesgar por abrir nuevas líneas de productos , como el paté de aceitunas, el jabón o los abonos orgánicos que planea poner en marcha con Alianza . “La Hanane de ahora no tiene nada que ver con la que era en 2002”, afirma, y esa frase resume también el cambio que su tesón y el de sus compañeras ha ido levantando, olivo a olivo, en la fértil tierra rifeña.

Una metamorfosis personal, y social, que hizo que su padre confiara en ella su empresa familiar hasta 2012, cuando la dejó para seguir con el GIE.La misma que la ha convertido en concejal en un Consejo Provincial donde ya hay cinco mujeres de sus 11 miembros. “Quién lo iba a decir”, afirma.

Y la que fue calando hasta llegar al Consejo Regional del Rif, donde también ellas son ahora un 20% y donde sus capacidades para la responsabilidad política ya no se ponen en duda. “Quién lo iba a decir”, repite.

Pero queda mucho por caminar porque hay que pensar en las nuevas generaciones y porque las mujeres rurales del Rif han logrado que su papel como gestoras de empresas y como representantes públicas sea reconocido, pero ahora quieren más. Porque en su meta está que todas las niñas y todas las madres tengan derecho a una educación y una atención sanitaria a la que muchas vecinas aún no tiene derecho, y que lo que el GIE ha logrado para 300 se replante, con sus esquejes, en otras zonas y en otras mentes.

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