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Hay alianzas que duran decenas de años y la de Carmen Granado Paniagua con la lucha por la igualdad de género se remonta a la Transición política española, cuando el país salía de un periodo de oscuridad e invisibilidad de las mujeres. Hoy, sigue apoyando a organizaciones que “encienden mechas” por los derechos de las mujeres en el mundo, como la que ella contribuyó a prender en este país al término de la dictadura.

Carmen, nacida en Cáceres, aterrizó en Madrid para estudiar Derecho en pleno 1975, el año del cambio, cuando la efervescencia social y política inundaba los campus. Fue allí donde entró en contacto con la Asociación Socialista de la Complutense. Al acabar la carrera, volvió a su tierra para trabajar en cooperativas agrarias e industriales relacionadas con el mundo sindical.

En 1983, tras elecciones autonómicas en Extremadura, Carmen llegó a la Asamblea de esta comunidad en las listas del PSOE y desde entonces ya no dejó la representación política durante casi 30 años. Fue en esos años 80 cuando empezó a colaborar con grupos feministas, en concreto con la Asociación de Mujeres Progresistas, de las que abrió una sede en su ciudad. “Eran tiempos en los que estaba todo por hacer. Nos dedicábamos sobre todo a temas de formación de las mujeres, dábamos cursos de alfabetización, un primer paso para la incorporación laboral. Por entonces prácticamente no se hablaba del tema de la violencia de género, ni siquiera en el ámbito feminista”.

En 1996, salió elegida como senadora por Badajoz y en esa legislatura estuvo en la Comisión Mixta de Igualdad con la ex ministra Matilde Fernández. Desde ahí, impulsó la batalla por el 25%, es decir, la lucha porque la representación de las mujeres en la política alcanzara ese porcentaje mínimo, lo que entonces fue un gran avance.

Repetiría en la dos legislaturas siguientes (la que comenzó en 2004 y en 2008) , siendo ponente de iniciativas legislativas tan importantes como la Ley de Memoria Histórica, la Ley de Identidad de Género y la conocida como Ley de matrimonio homosexual.

Ya no quiso repetir por cuarta vez porque consideró que debía dejar espacio a personas más jóvenes, y regresó a su ciudad, Mérida, para seguir trabajando, a sus 59 años, como funcionaria en la Asamblea, sin olvidar nunca de apoyar a quienes a miles de kilómetros están pasando por procesos que aventura por los derechos de las mujeres que sabe que son largos y requieren de la solidaridad de tod@s. “Hay países en los que las mujeres están como nosotras hace 30 años o más y deben cambiar, pero no es algo de un día a otro, sino a su ritmo. Y para ello requieren nuestra experiencia. Por ello es importante colaborar con lo que podamos para que así sea”, señala.

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