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Los pimientos adquirieron un protagonismo inesperado en la vida de Aua Keita. La chispa de su voz, la energía que trasmite su mirada, ese no parar de un lado a otro esparciendo las semillas de la igualdad están acabando con el sabor amargo de unas tradiciones que, ancladas en el patriarcado, dificultan la vida de las mujeres.. Ahora, en muchas aldeas de Guinea Bissau, la pimienta vital que lleva Aua a cuestas va aliñando el nuevo paisaje social. Es el cosquilleo del “yo tengo derechos y lucho por ellos” que se va extendiendo como el calor del picante piri-piri.

Aua, que en castellano suena a manantial y fuente, tiene 44 años y una hija adolescente que es a la vez su amiga y confidente. También lo fue ella de su madrastra, una combatiente por la independencia de su país, como su padre. “Soy una mezcla de étnias, transfronteriza como el proyecto que ahora ocupa mi tiempo”. Y es que Aua trabaja en la asociación que fundó en el año 2000 junto a otras 21 personas, Aprodel (la Asociación para la Promoción Local Integrada), centrada ahora en un proyecto apoyado por Alianza que busca mejorar la gestión de los recursos naturales en la frontera de su país con Senegal y Gambia.

El azar quiso que naciera en Zinguinchor, esa ciudad senegalesa y destartalada junto al río Casamance, a pocos kilómetros de la tierra de sus raíces. “Mi padre fue un luchador por la independencia de Guinea Bissau en los años 70 y después, como militar llegó a ser guardaespaldas de altos dirigentes, hasta que lo mataron en un enfrentamiento”.

Para entonces, ella y sus hermanos ya vivían con su madrastra, combatiente que se enfrentó al reto de seguir adelante sola, con cinco criaturas y un pequeño pedazo de tierra. Fue allí donde la niña Aua aprendió a sembrar, plantar, a saber cuándo echar el abono y cuándo había que cortar las malas hierbas. Pero el destino quería algo mejor para ella, así que un día de 1983 la viuda se presentó a pedir una de esas becas que regalaría a dos de las niñas y un niño un futuro mejor que lo que podía darles su pequeña huerta.

Aua no recuerda ya la más que posible tristeza cuando embarcó, con apenas 12 años, camino de Cuba para no regresar en ocho largos años; un largo paréntesis que recuerda con añoranza y que vivió junto a angoleños, etíopes, nicaragüenses o sudaneses, en la famosa Isla de la Juventud, por donde han pasado en 40 años mas de 35.000 niños y adolescentes africanos.

De allí regresó convertida en ingeniera agrónoma, porque aquella semilla que había sembrado su madrastra del amor a la tierra había echado raíces, y sus frutos más maduros eran los pimientos, pequeños frutos rojos a los que dedicó su tesis y la convirtieron en la única mujer seleccionada para defender su trabajo ante un tribunal.

Con ese expediente bajo el brazo, a su vuelta consiguió un trabajo en un proyecto agrícola financiado por una ong holandesa… y no tardó en comprobar que en Bissau el trabajo del hombre y la mujer, puestos en una balanza, no pesan lo mismo, que el machismo inclina el peso hacia el lado de ellos, mientras el de ellas se tambalea. Comprendió que no basta con que la Constitución de su país diga que ambos sexos tienen los mismos derechos, porque lo cierto es que las mujeres no son dueñas de la tierra que cultivaban.

Cuando acabaron los fondos extranjeros, y con ellos el proyecto, Aua y sus compañeros crearon Aprodel. Llevaban una década apoyando a unas comunidades que no podían abandonar. . . Desde entonces, una de las nuevas aliadas es Alianza por la Solidaridad.

Para entonces, Aua tenía muchas tablas para ir a las aldeas y hablar a esos hombres sentados bajo las acacias de igualdad de derechos, de la injusticia que tenía asiento en sus hogares… No es fácil conseguir cesiones, así que ¿por qué no hacer a las mujeres propietarias reales de la tierra que cultivaban, al margen de los hombres? ¿por qué no inscribir su nombre en los registros para que no fueran esquilmadas en herencias familiares o por empresas sin escrúpulos?

El proyecto fue tomando forma y hoy la iniciativa, premiada en 2015 por la UNESCO, ha logrado que más de un millar de mujeres vean crecer sus pimientos, y sus tomates, y sus habas en unos huertos que florecen al tiempo que su incipiente igualdad. A la vez que sube el tono de su voz en las reuniones donde antes no se las oía. Al ritmo que se transforma la mente de unos compañeros, adultos y jóvenes, que azuzados por la voz cargada de ‘pimienta’ de Aua, entienden que no pueden dejar a sus hijas fuera de las escuelas, ni a sus esposas fuera de las decisiones.

“Nací mujer, mi madre fue una luchadora mujer y mujer es mi hija. Debo seguir luchando para que en su mundo futuro la igualdad sea real. Ver cómo cambian las cosas es el mejor fruto que cosecho en esta tierra”.

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